Esclavitud; Opinión de Juan Carlos Sánchez Magallán

La historia de la humanidad tiene páginas oscuras, una de éstas constituye el abominable comercio transatlántico de esclavos. Durante más de 400 años, quince millones de personas fueron víctimas de esta reprobable práctica colonialista. Fue la noche del 22 al 23 de agosto de 1791 que un grupo de personas, arrancadas de África y vendidas como esclavos se rebelaron contra el sistema en Saint-Dominique (hoy Haití) para obtener su independencia y libertad. Este levantamiento provocó una serie de acontecimientos que tuvo como destino final la abolición de la trata de esclavos.

La Unesco estableció el 23 de agosto como Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su abolición para honrar y rendir homenaje a todas las personas que lucharon por su libertad. Este movimiento independentista, dirigido por los propios esclavos, es una profunda fuente de inspiración para segur erradicando todas las formas de servidumbre, el racismo, el prejuicio, la discriminación racial y la injusticia social, toda herencia de la esclavitud.

Asimismo, el objetivo fundamental de inscribir la tragedia del comercio de esclavos en la memoria de todos los pueblos es una oportunidad para el revisionismo histórico de esta tragedia y analizar las consecuencias que se dieron entre África, Europa, las Américas y el Caribe.

En este sentido, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (Unesco) considera que la ocultación de acontecimientos históricos constituye un obstáculo para el entendimiento mutuo, la reconciliación y la cooperación entre los pueblos; lo anterior para entender las herencias de la esclavitud en el mundo, como son el racismo y el clasismo, que representan un verdadero problema global que obstaculiza la construcción de una cultura de la paz, que hoy brilla por su ausencia; ahí está la guerra entre Rusia y Ucrania, que induce formas de esclavitud modernas, al condenar a millones de personas a migrar a otras naciones, otros tantos millones al dejarles sin posibilidad de techo, alimentación y sustento, al perder todo su patrimonio y huir de los horrores de la guerra al ser víctimas de los poderes hegemónicos de las naciones altamente desarrolladas que alientan e impulsan las guerras para fortalecer sus economías, en lugar de privilegiar y pavimentar los caminos de la paz entre las naciones del globo.

En pleno siglo XXI existe la esclavitud moderna, que es aquella condición por la cual, en la actualidad, una persona es obligada a trabajar en condiciones infrahumanas sin que pueda negarse, debido a la coerción, la amenaza o el abuso de poder. Ésta se presenta de diferentes formas: la trata de personas, el trabajo infantil, el reclutamiento forzoso de niños para la guerra y la servidumbre por deudas, según la clasificación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Otros tipos de esclavitud son las adicciones que adquieren los jóvenes y los adultos, como el consumo de drogas legales, como el tabaco y el alcohol, las redes sociales, el egoísmo y la vanidad, qué decir de las drogas ilegales que atrapan a las personas toda la vida hasta su ocaso, pues atentan contra los derechos básicos, como la libertad, la igualdad, el derecho a la vida, la integridad física y psicológica de las personas.

Nuestro texto constitucional prohíbe la esclavitud en el párrafo IV del artículo primero, que consigna: “Los esclavos extranjeros que ingresen al territorio nacional, por el sólo hecho de pisar nuestro territorio, alcanzan su libertad y la protección de las leyes mexicanas”.

Pues, ciertamente, la esclavitud a lo largo de la historia de la humanidad afecta a la población más vulnerable. ¿O no, estimado lector?

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