Océanos; Opinión de Juan Carlos Sánchez Magallán

El planeta que habitamos está cubierto por un 70% de océanos, siendo fuente de vida y poderoso sustento de la humanidad al producir más del 50% del oxígeno que respiramos en la Tierra, además de albergar la mayor parte de la biodiversidad existente de proteínas para más de 1000 millones de personas de todo el mundo.

Hoy, la Organización de las Naciones Unidas celebra el Día Mundial de los Océanos, para reconocer su importancia en la preservación de todas las especies que cumplen con la importante función de contribuir al equilibrio del medio ambiente, pues el calentamiento global es motivo y prioridad de muchos gobiernos y organizaciones ambientalistas.

Naciones Unidas advierte en su programa de sustentabilidad 2030 que el año 2019 fue el segundo más caluroso de todos los tiempos, siendo la década más calurosa de todos los tiempos (2010-2019); los niveles de dióxido de carbono y de CO2 y de otros gases de efecto invernadero tuvieron niveles récord.

Los incrementos en el nivel de mar, debido a los gases de efecto invernadero, siguen sin detenerse. Las economías nacionales están alteradas, la pandemia y el deterioro del medio ambiente son un coctel peligroso que obliga a relanzar las medidas hasta ahora comprometidas en el acuerdo de París, en 2015. Flujos financieros apropiados, un nuevo marco tecnológico que permita impulsar nuevas capacidades de desarrollo y refrendar el compromiso de mantener la temperatura de los mares por debajo de 2 grados Celsius con respecto a los niveles preindustriales.

Los océanos aportan, además de oxígeno, miles de toneladas de alimentos provenientes de los pescados y mariscos; adicionalmente, se le extrae de sus suelos recursos energéticos como el gas y el petróleo, así como metales preciosos. El cambio climático no se detendrá, por el contrario, después de la pandemia, toda la economía se reactivó y alcanzará niveles mayores de crecimiento.

El daño ocasionado a los océanos ha sido brutal, pues son arrojadas a los mares millones de toneladas de desechos tóxicos y plásticos por la vía directa (derrames de plataformas y ductos petroleros) o bien, por los desechos arrojados desde las zonas urbanas, que recorren miles de kilómetros vía ríos y canales de desagüe, todos con el mar como destino final.

El mundo se está ahogando en plástico, especialistas en el tema calculan que para el año 2050 habrá más microplásticos que peces en el agua, en virtud de que el reciclaje de la basura no alcanza a eliminar su producción en las diversas presentaciones, pues la mayoría que se comercializa no es biodegradable. Todavía más, al año se producen 380 millones de toneladas de plástico y sólo el 9% es reciclado, el resto es quemado o termina, vía vertederos, en suelos y mares.

Los cambios abruptos y constantes representan una amenaza futura para todo el género humano. Los expertos de la ONU sostienen que, entre 1880 y 2012, la temperatura media mundial aumentó 0.85 grados centígrados, significa que por cada grado que aumenta la temperatura, la producción de cereales en el mundo se reduce un 5%, aproximadamente, en el maíz, sorgo y trigo, pudiendo generar hambrunas.

El nivel medio del mar subió 19 centímetros, consecuencia del calentamiento de la nieve y el deshielo de los casquetes polares, la Antártida y los volcanes del Tíbet. La extensión del hielo marino del Ártico se ha reducido, con una pérdida de hielo de 1.07 millones de km2 cada decenio, de seguir esta tendencia, es probable que a finales de siglo el incremento de temperatura mundial supere los 1.5 grados centígrados.

Se prevé una elevación de 24 a 30 cm para 2065 y de entre 40 a 63 cm para 2100, de esta manera, el mar ganará terreno y sepultará islas y litorales con los daños humanos y materiales que podamos imaginar. Debemos adoptar cambios tecnológicos e institucionales para lograr una oportunidad y detener el calentamiento del mundo. Lo contrario será un suicidio colectivo. ¿O no, estimado lector?

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