Primavera; Opinión de Juan Carlos Sánchez Magallán

Entró la Primavera y, con ella, el recuerdo de quien fue el primer presidente indígena de México y, sin duda, el mejor.

Efectivamente, fue Benito Juárez García, que nació el 21 de marzo de 1806 en una aldea de Guelatao, Oaxaca. Juárez perdió a sus padres muy niño, por lo que pastoreaba ovejas desde los 5 años. A los 12 años, su familia lo envió a vivir a la ciudad de Oaxaca, donde aprendió el oficio de encuadernación de libros, ayudándole a hablar, leer y escribir el español. Juárez hablaba zapoteco, no hablaba español.

Su padrino, Antonio Salanueva, a los 15 años lo envió a un seminario, donde se culturizó con curas y sacerdotes.

Ahí aprendió el latín y, en la búsqueda de lograr sus ideales de cultura, se enroló en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, donde se convirtió en hombre de leyes.

Siendo abogado aprendió en las ideas liberales la construcción de los valores de la democracia y la justicia social, sustentados siempre en los principios fundamentales de la libertad, igualdad y la fraternidad, principios vigentes en este siglo XXI.

Así, desarrolló una exitosa carrera en los tres Poderes de la Unión, desde la más modesta profesión de maestro, seguida de las de regidor, legislador local y federal, secretario de Gobierno, presidente del Tribunal de Justicia y gobernador de Oaxaca, donde eliminó la deuda pública, construyendo más de 50 escuelas públicas.

Por sus ideas, Juárez fue perseguido, encarcelado y exiliado. Sin dinero y sin forma de comunicarse con su esposa, mujer ejemplar quien, para mantener a sus hijos, tuvo que poner una tiendita.

De regreso a nuestro país, fue nombrado ministro de Justicia y de Instrucción Pública, dando el primer paso para transformar a México: desapareciendo los tribunales de justicia especiales: otorgándole a los mexicanos “igualdad ante la ley”.

Los hombres de la Reforma le acompañaron e impulsaron la nueva Constitución de 1857, estableciendo derechos y garantías a todos los hombres y mujeres. Adicionalmente, se impulsó la tolerancia a otras religiones distintas a la católica, se plasmó el principio de soberanía popular (que manda el pueblo garantizando el voto a todos los hombres mexicanos).

Juárez, presidente de la República, gobernó con la ley en la mano, “nada ni nadie por encima de la ley” fue una de sus frases célebres, luchó contra el intervencionismo extranjero, venciendo a Carlota y Maximiliano, sacudió a la nación de supervivencias perniciosas que la ahogaban, coronadas éstas por un clero desesperado por conservar fueros y privilegios, con una cauda caciquil y militarista que no miraba otro interés que no fuese el de apoderarse de los raquíticos frutos del erario. Nuestro país pagó el precio padeciendo despojos territoriales, motines, asonadas, saqueos y rapiñas que debilitaron la República hasta el agotamiento; consecuencia de una herencia colonial conservadora, de poderes teocráticos y tendencias de gobierno absolutistas. Juárez logró restaurar la República en el respeto a las naciones y a sus gobernados, “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Por eso en todos los países le reconocen como El Benemérito de las Américas.

Juárez el indio, el servidor público, el presidente firme y el líder resuelto defendió la libertad, la legalidad y la justicia.

Fue un esposo y un padre ejemplar, a sus hijos no les heredó dinero, les dejó un documento por escrito, Apuntes para mis hijos, para que le dieran impulso y buen comportamiento a sus vidas. No los hizo senadores, diputados, jueces o magistrados, siempre predicó con el ejemplo. A los mexicanos nos legó su conducta republicana, siempre paradigmática y magistral. Los líderes cupulares de los partidos debieran leer esto y aprender de su majestuoso ejercicio del poder. ¿O no, estimado lector?

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