Raíces: Opinión de Juan Carlos Sánchez Magallán

Un apotegma religioso refiere que, “si hubieses nacido en Irak, fueses musulmán, si hubieses nacido en India, fueses hindú. Como naciste en América, eres cristiano”. Esta idea nos lleva a reflexionar que los adagios religiosos tienen relación con la geografía y, ciertamente ésta influye en nuestras creencias, pero no las determina.

Lo anterior, lo confirma el alto grado de ateísmo en Rusia, China, Reino Unido, Suecia y República Checa de acuerdo con datos generados por Gallup International.

Los pueblos indígenas, al preservar costumbres y tradiciones, frenan el avasallamiento de las empresas multinacionales, que sólo buscan incrementar su rentabilidad económica a costa del agotamiento de los recursos naturales y la alteración de los ecosistemas. Este asunto ha sido visibilizado de manera muy clara por el calentamiento global, el cual agobia a Europa. Ciertamente, los pueblos y comunidades originarias de México y el mundo tienen arraigo por la tierra donde nacen.

Existen 370 millones de indígenas en el hemisferio, asentados en 5 mil pueblos de 90 países, y hablan más de 4 mil lenguas. Representan el 5% de la población mundial.

Entre sus características esenciales se encuentran las siguientes: se asumen a sí mismos como indígenas, mantienen un vínculo fuerte con quienes habitan la región a la que pertenecen frente a las personas de otros orígenes étnicos, tienen fuertes lazos con el territorio y los recursos naturales circundantes con sistemas sociales, económicos y políticos propios, conservan lenguas, culturas y creencias propias, suelen estar en condiciones de vulnerabilidad y discriminación, mantienen y desarrollan sus entornos y sistemas ancestrales como pueblos específicos.

Estas particularidades les permiten tener una cosmovisión propia sobre las formas de vida y su autodenominación. Los pueblos indígenas, también son conocidos como primeras naciones, pueblos aborígenes o pueblos nativos.

Lo más importante es la relación que mantienen con la madre naturaleza, desde sus orígenes, donde actúan a manera de custodios o guardianes para protegerla y garantizar el desarrollo sostenible para las generaciones presentes y futuras. La pérdida de sus tierras supone la pérdida de su identidad.

La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de 2007 describe sus derechos fundamentales. El Foro Permanente revisa los asuntos de desarrollo económico, social, cultural, medio ambiente, educación, salud y derechos humanos. Así, se observa a un número cada vez mayor de comunidades de América y varios estados de Estados Unidos sustituir como día de fiesta nacional “El día de la raza” o también conocido, como de “La Hispanidad” del descubrimiento de Colón, por el “Día de los Pueblos Indígenas”, para celebrar la resiliencia y la fortaleza de las culturas indígenas de las Américas frente a los embates de la llegada de los europeos con Colón al nuevo mundo. Con ello también, el comienzo del exterminio, la violencia, la explotación, la represión, y el sufrimiento de los pueblos indígenas del continente.

En contrasentido, existen grupos sociales tradicionalmente urbanos que sostienen “que no importa donde nacimos, pues no somos dueños de la tierra”. Lo anterior, consecuencia de haber migrado de sus lugares de origen por razones de seguridad, violencia, demografía, violaciones a sus derechos humanos, pobreza o cambio climático.

Por ello, a los pueblos indígenas debemos preservarles sus formas de organización, su cultura, sus tradiciones económicas, así como sus valores tradicionales de convivencia que requieren del reconocimiento reiterado en tratados internacionales para la salvaguarda y fortalecimiento de sus derechos fundamentales. Todo esto se deberá traducir en programas de política pública de los gobiernos y de las naciones. ¿O no, estimado lector?

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